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Ookami-san to Shichinin no nakama tachi Volumen 1 - Prologo y Capítulo 1

Prólogo de Ōkami-san: Un poquito violento

 

 

— ¡Maldito seas, maldito imbécil!

Un grito carente de la más mínima pizca de decencia o inteligencia resonó en el callejón desierto.

El dueño de aquella voz levantó el puño con un movimiento exageradamente inútil al tiempo que vociferaba.

— Vaya, vaya, ponle un poco más de empeño, ¿no?

Una voz cargada de fastidio, seguida de un golpe sordo.

El hombre al que le habían reprochado su falta de ingenio salió volando justo con ese sonido.

Ni en sus palabras, ni en su ropa, ni siquiera en la forma de ser lanzado había un atisbo de originalidad. Por si fuera poco, incluso su figura tirada en el suelo carecía de ella. Todo en él gritaba que no era más que un vulgar maleante de tercera, uno de esos que apenas merece ser llamado “matón A”.

— Mal… maldita sea…

El tal matón A logró incorporarse como pudo, aunque enseguida se quedó encorvado, sujetándose la nariz.

El golpe había sido fuerte; entre los dedos que intentaban cubrirle la cara goteaba sangre. Al verla, el matón A alzó su mirada cargada de odio hacia la persona que lo había hecho volar de un puñetazo.

— O-¡Oh, Ōkami! No deberías meterte en lo que no te importa, siendo una mujer

La muchacha llamada Ōkami lo miró con absoluto desprecio y contestó:

— ¿En serio? ¿”Siendo una mujer”? Eso ya es pasarse… sobre todo viniendo de ti. Entonces dime: si eres derrotado por una mujer, ¿qué demonios eres tú?

Con una risa nasal desdeñosa, Ōkami-san sacudió su largo y desordenado cabello castaño que le llegaba hasta la cintura.

— Cállate… ¡y encima usas un arma tan peligrosa!

— Soy una pobre y frágil mujer, ¿no? Entonces no hay problema si uso algo para defenderme

Al decir eso, Ōkami-san extendió su puño. Y en él llevaba lo que comúnmente se conoce como un “puño americano”. Sin embargo, el suyo era una pieza que hacía dudar de la cordura de su creador.

En la parte delantera del puño había incrustado… ¡un enorme rostro de gato que lo cubría casi por completo!

Los dos rostros felinos que llevaba en cada mano podían plegarse y encajar como una sola pieza. Además, tenían un pequeño enganche para cadena, de modo que podían colgarse de un bolso y parecer simplemente un llavero de gato algo grande. Esa era, al parecer, la idea: un arma de defensa personal para chicas que pudiera llevarse a cualquier parte. El responsable de tal invento —un senpai de Ōkami-san— debía de estar, sin duda, un poco mal de la cabeza.

La razón de que Ōkami-san cargara con semejante objeto era sencilla: cuando ella se negó protestando — ¿Cómo voy a llevar algo tan cursi?— , su amiga le dijo — ¡No se acepta un no! ¡Si no lo usas, Ryōko-chan se lastimará sus manitas!—  y se lo encasquetó a la fuerza. Claro que, en el fondo, Ōkami-san le había cogido cierto aprecio. Por supuesto, jamás lo admitiría en voz alta.

El nombre del artilugio era Neko-Neko Knuckle. Un título tan falto de ingenio y tan vergonzoso que cualquiera sentiría el impulso de dar una clase intensiva de creatividad a quien lo bautizó.

Sea como fuere, lo que su creador no previó —o quizá sí— fue un curioso efecto secundario.

En resumen… el rostro del matón A ahora lucía la marca de un gato. En las mejillas, para colmo, habían quedado dos huellas bien claras y simétricas.

Con semejante estampado adorable en la cara, por más que intentara parecer temible, el pobre solo daba lástima.

Claro que el matón A no se daba cuenta de lo ridículo que se veía y deformó su expresión en una mueca que pretendía ser orgullosa.

— ¿ “Frágil”, dices…?

¿Quién sería capaz de adivinar que esa mueca era en realidad una sonrisa? Pero aquella fea mueca, gracias a las marcas de gato, quedaba tan extrañamente neutralizada que uno no sabía si reír o sentir lástima.

Ōkami-san lo miró fijamente, pensando si tal vez, con otra marca de gato más, su rostro se volvería algo simpático. En ese momento, el matón abrió la boca.

— ¡Ja!… Di eso cuando tengas un pecho de mujer, eh— ¡¡bufgh!!

No terminó la frase: el puño con gato se le incrustó de lleno en la cara. Fue el golpe más contundente y certero hasta ahora. El matón salió despedido otra vez, rodó por el suelo varias veces y al fin quedó tendido boca arriba, con los brazos en cruz, mirando el cielo. Si llevara uniforme escolar y aquello hubiera ocurrido al atardecer en un terraplén, habría sido casi una escena de juventud; en un callejón mugriento, en cambio, no era más que la patética caída de un don nadie.

Eso sí, ahora tenía una nueva marca de gato en la cara. Pero el hematoma azulado y hinchado no inspiraba simpatía alguna: en vez de un lindo sello de gatito, parecía una maldición felina.

Ignorando al maltrecho sujeto, Ōkami-san, aún en posición de ataque, murmuraba entre dientes. Su rostro oculto tras el flequillo, irradiaba un aura de ira tan abrumadora que cualquiera que pasara por allí habría huido instintivamente al verla.

— Malditos… ¡cállense ya, joder! No tengo por qué aguantar estas estupideces. Los hombres siempre…

Refunfuñaba con palabras poco propias de una dama. Estaba claro que el matón había tocado un tema prohibido.

Y así, Ōkami-san, convertida en peligro público, se erguía en aquel callejón apartado.

Para entender qué había encendido su furia, conviene describir un poco su aspecto.

Ōkami-san era alta. Su esbelta y bien definida figura estaba moldeada por músculos flexibles y sin un gramo de grasa sobrante, la de alguien que se mueve constantemente.

Su rostro también entraba en la categoría de “atractivo”, aunque sus facciones duras y su mirada afilada podían dividir opiniones. Si se arreglara el gesto hosco y ese largo cabello enmarañado, bien podría pasar por una belleza esbelta.

…Pero había un problema: en su cuerpo faltaba algo que suele definir gran parte del atractivo femenino. Su pecho era absolutamente plano. No es que le faltara grasa innecesaria: le faltaba la necesaria. En resumen… Ōkami-san carecía de busto. Y por ello, algunos la llamaban tabla, acantilado, tabla de lavar, o incluso bromeaban con que su “frente” y “espalda” eran indistinguibles…

— ¡Fsh!

…aunque ese tipo de comentarios jamás se pronunciaban en voz alta, porque todos reconocían el gran potencial de su cuerpo esbelto.

En ese instante, Ōkami-san alzó su puño al cielo. Un rayo de luz se filtraba entre las nubes y bañaba su figura, mientras sus ojos fieros miraban hacia lo alto como si quisiera desafiar a los dioses. Era una estampa digna de la mitología. En resumen… daba miedo.

Fue entonces cuando una muchacha, que había aparecido a su lado sin que nadie lo notara, le habló con suavidad:

— Ryōko-chan, ¿qué estás haciendo?

— Nada… solo que me cabreé muchísimo

Instintivamente, Ōkami-san hacía chocar los Neko-Neko Knuckle frente a su pecho, gruñendo desde lo más hondo de la garganta.

La otra chica, algo intimidada, trató de reconfortarla:

— Ya veo… bueno, en cualquier caso, buen trabajo

— Bah, era mi tarea. Pero dime, Ringo, ¿qué hacemos con esto? Creo que me pasé un poco

Se refería, por supuesto, al cuerpo inerte del matón A.

— Veamos…

La muchacha llamada Ringo, con un gesto algo preocupado, se llevó un dedo a la mejilla y se quedó pensando.

— Por lo pronto, intentemos despertarlo. ¿Oye? ¿Sigues vivo?

Se agachó junto a él y comenzó a sacudirlo suavemente.

— Ugh… ggh…

Gimiendo, el matón A por fin recobró la conciencia.

Cualquiera, al verlo en un estado tan lastimoso, le habría dicho algo como: “Oh, matón A, morir así es vergonzoso”, pero la muchacha le dedicó una sonrisa cálida, como la de una madre que despierta a un héroe en la aurora… un gesto demasiado generoso para alguien como él.

— Buenos días desu no.

Gracias a eso, el hombre, que por un momento había retrocedido al estado de simple organismo viviente, volvió a su rol de matón A y pudo abrir los ojos en un despertar sorprendentemente apacible.

— …¿Ah?

— Ah, mucho gusto desu no. Yo soy Akai Hayashi Ringo. Y bueno, como Ryōko-chan ya te explicó brevemente hace un momento, hemos venido a pedirte un favor, Nakata Ichirō-san.

— …

El matón A, sorprendido de encontrarse con una chica tan extrañamente amistosa sonriéndole nada más despertarse, se quedó sin palabras. Al parecer también era débil a los sucesos imprevistos. Pero con la siguiente frase volvió en sí.

— Venimos de la Asociación de Ayuda Mutua entre Estudiantes de la Academia Otogi. …Aunque tal vez te resulte más sencillo si te digo Ginkō Otogi, ¿desu no?

La sonrisa radiante de Ringo se torció en una sonrisa ladeada.

— ¡¿¡Ōkami no me dijo nada de esto!!

El hombre palideció al oír aquel nombre y le reclamó a Ōkami.

— …Ryōko-chan, ¿sí se lo dijiste?

— Se lo dije. Pero quién sabe, parece que estaba tan emocionado que las palabras le entraron por un oído y le salieron por el otro.

— Entonces, ¿por qué me llamó por tu nombre…? Ryōko-chan, ¿conoces a este tipo desu no?

— Ni en sueños me juntaría con semejante idiota. Más bien, seguro que me conocía él a mí. Tal vez porque lo dejé molido a golpes, a patadas, o lo destrocé en algún momento.

— Ya veo desu no.

Ante esas palabras un tanto problemáticas de Ōkami, Ringo asintió con convicción.

Aunque ahora ya se había calmado un poco, Ōkami tenía un pasado juvenil algo vergonzoso —llamémoslo juventud en fuga—, con ciertos días azules que se le escapaban al recordar cuando se lanzaba a correr en una moto robada.

Mientras Ōkami se perdía en la distancia de sus recuerdos con expresión melancólica, Ringo retomó la conversación.

— Si ya conoces de qué se trata, la cosa será más rápida desu no. A ver, resulta que llevas un tiempo acosando a cierta mujer, ¿verdad? Ah, no necesitamos escuchar tu opinión. Hemos investigado a fondo. Desde el 25 de abril hasta el 13 de mayo, tenemos pruebas sólidas de que la vigilabas. Revisando su basura, hurgando en su buzón, espiando por la ventana de su cuarto, e incluso con un palo largo intentando alcanzar la ropa tendida como si fueras un mono en prueba de inteligencia. Tenemos fotos suficientes para hacer llorar a tus padres, y también videos. Francamente, nos cansaste desu no.

— ……

El matón A —o mejor dicho, Nakata— se quedó sin palabras.

— Mira, mira, ¿no crees que en esta foto sales genial? Se nota tu desesperación, salta a la vista desu no.

Ringo, riendo con una vocecilla alegre, le mostró una fotografía donde el hombre, con una expresión de absoluto esfuerzo, intentaba alcanzar ropa interior. Luego le enseñó otra en la que sostenía triunfalmente la prenda deseada, con una cara tan satisfecha que uno podría añadirle un bocadillo con la frase “¡La atrapé!” sin problemas.

— Por cierto, esa era una trampa, desu no. Era ropa interior que la madre de la chica iba a tirar. Ho-ho-ho-ho~ desu no.

Ringo continuaba azotándolo verbalmente con evidente deleite.

— En conclusión, no vuelvas a acercarte jamás a ella.

— ¡Ja! ¿Qué dices? ¡Ella me necesita! ¡Está enamorada de mí, solo que aún no lo ha notado! ¡Soy yo, y solo yo, quien puede protegerla!

Con ojos ardientes, Nakata exclamaba tales cosas. Si se le añadiera un pitido para tapar sus palabras, podría parecer un joven apasionado y de gran corazón. Pero eso sería una mentira. Con las marcas de gato en el rostro y la mirada enrojecida, Nakata no era otra cosa que un pervertido en toda regla. Gracias por participar.

Ōkami y Ringo lo miraron con ojos que decían: “No puedo creer lo que estoy viendo”.

— Ugh… en serio… este tipo es de los de verdad.

— Sí, está bien tocado desu no.

— ¡Ustedes son los que me estorban en el camino del amor! ¡Ya lo entiendo, es una conspiración de los envidiosos que buscan separarnos! ¡Pero no lo lograrán! ¡Nuestro amor superará cualquier dificultad! ¡Nuestro amor jamás será derrotado!

Nakata, sin haber pisado jamás un templo, parecía haber alcanzado una iluminación extraña, transformándose en “guerrero del amor”. Aunque la lectura al pie de página bien podría decir: stalker.

— ¡Nuestro amor es infinito!

Sus delirios de amor seguían, hasta que…

— Prefectura XX, Ciudad XX, Distrito 3, número 54-2.

Ringo murmuró esa dirección en voz baja.

— Je, ¿y qué con eso?

El guerrero del amor trató de disimular su nerviosismo.

— Es la dirección de la casa de tus padres, desu no. Si vuelves a presentarte frente a ella, me temo que estas fotos irán directito a la policía y a tu familia. Ah, y antes de entregarlas, quizá te hagamos arrepentirte un poquito de haber nacido, ¿qué te parece desu no?

Ringo sacó algunas fotos adicionales, imposibles de mostrar a los padres, y se las entregó al hombre. Nakata intentó romperlas, pero…

— Ah, aunque rompas esas, aún tengo muchas más, y los datos originales siguen intactos desu no. Así que no hagas cosas inútiles.

Ringo le dijo con su sonrisa inmutable.

— Ugh…

El guerrero del amor quedó sin escapatoria, los ojos le temblaban mientras buscaba una salida. Pero, aun arrinconado, no abandonaba del todo su bravuconería. Esa obstinación podía considerarse un rasgo positivo: como guerrero del amor, al menos no sabía rendirse. Quizá en eso residía su única virtud. El amor, al fin y al cabo, es no rendirse.

— ¿Y por qué diablos tendría que obedecer a una mocosa enana como tú…?

Pero no importa cuánto cambiara de oficio o subiera de nivel, el guerrero del amor seguía siendo un idiota. La experiencia no aumentaba su INT.

Crunch.

— ¡¡Aaagh!!

De pronto, un dolor en la mano derecha lo hizo gritar.

Al parecer, que lo llamara enana lo había molestado más de la cuenta. Bajo el lindo zapato de Ringo estaban sus dedos aplastados.

La amiga de Ōkami, cuyo nombre real era Akai Hayashi Ringo. Con su baja estatura y aspecto adorable parecía una niña de primaria, pero en realidad era una estudiante de preparatoria y compañera de clase de Ōkami.

Su rasgo más distintivo: una cabellera roja perfectamente recortada a la altura de los hombros. Vista desde cierto ángulo, parecía que llevara una capucha roja, y por ello algunos la llamaban la “Caperucita Roja de la Academia Otogi”.

— Ah, lo siento mucho desu no.

Su rostro mostraba un gesto lleno de disculpas, pero lo cierto era que estaba aplicando todo su peso sobre los dedos del pobre hombre para maximizar el dolor. Un ataque tan preciso que merecía elogios por su puntería quirúrgica.

— Es que con esta falda no se ve bien hacia abajo desu no.

Ringo levantó un poco su falda larga y con mucho volumen, poniendo cara de arrepentimiento.

Ella y Ōkami llevaban puesto el uniforme de la Academia Otogi.

La escuela ofrecía varios modelos de uniforme y, con ciertas condiciones, permitía personalizarlos. De hecho, más que permitido, era tolerado, pues la cantidad de alumnos era tan grande que hacía falta diferenciarlos no solo por el rostro, sino también por la vestimenta. Eso sí, había límites, y si la modificación era demasiado extrema, los llamaban la atención.

Las condiciones para la tolerancia eran simples: el escudo de la escuela debía ser visible en algún lugar; debía quedar claro a primera vista que era un estudiante de la Academia Otogi; estaba prohibido mostrar demasiado o añadir adornos peligrosos; y cada estudiante debía conservar un uniforme normal para eventos oficiales.

En resumen, lo que se pedía era “no perder la cordura”. Pero como eso dependía del sentido común individual, los resultados eran… variados.

En comparación, Ōkami y Ringo estaban entre los más moderados.

En el caso de Ōkami, la parte superior de su uniforme de marinera no parecía alterada a simple vista, pero si se observaba bien, el pañuelo era más largo y de un material grueso y resistente. En ausencia de los Neko-Neko Knuckle, lo usaba para envolver sus puños. El pañuelo era rojo intenso, aunque no por razones sangrientas… probablemente. Su falda, en cambio, era larga hasta las espinillas, pero tenía aberturas laterales que le daban movilidad. A veces dejaba entrever sus piernas de forma sugerente, pero quedarse embobado mirando era la vía rápida al más allá: sus botas negras eran de cuero reforzado con acero, en otras palabras, botas de seguridad. Terribles.

En cuanto a Ringo, su falda modificada, con fruncidos y mucho volumen, podía parecer demasiado infantil para una estudiante de secundaria, pero le quedaba perfecta con su pequeña figura. Colgando de su brazo llevaba una cesta grande, demasiado grande para alguien de su tamaño. Una caperucita roja en toda regla.

Ambas tenían buena presencia natural, así que sus uniformes alterados les quedaban muy bien. Si posaran, fácilmente podrían ser la portada de una revista escolar.

De hecho, la imagen de Ringo levantando la falda y sonriendo era tan adorable que daba para cuadro.

Adorable, sí, pero…

— ¡¡¡Aaahhhhhh!!!

Ringo todavía tenía el pie apoyado en la mano de Nakata.

— Ah, qué descuidada soy desu no. Ahora mismo lo quito.

Con ese tono dulcemente apenado, levantó el pie y luego lo giró con fuerza.

Crush.

Y, lo torció. Los mocasines negros comunes y corrientes, designados por la escuela, de pronto parecían un arma letal. Incluso el brillo que reflejaban tras ser lustrados resultaba siniestro.

— ¡Ugh, qué brutalidad!

Ante aquella escena, Ōkami no pudo evitar soltarlo.

— Eeh, entonces… ¿ha comprendido lo que le dije antes?

— ¡Lo entendí! ¡Lo entendí, así que bájate!

Nakata intentaba a toda costa apartar a Ringo de encima de su mano, pero Ōkami se interponía, de modo que no lograba nada. Ōkami también tenía un carácter bastante travieso.

— Por la reacción de hace un momento, parece que ya nos conoce.

— ¡…Claro que las conozco! ¡Así que bájate!

— Eso es un alivio.

Entonces sonrió dulcemente, y con su pequeña boquita dijo:

— Hoy solo hemos venido nosotras, pero si vuelve a ocurrir algo, puede que la próxima vez aparezcamos con mucha más gente. Nuestra Asociación de Ayuda Mutua Estudiantil de la Academia Otogi se rige por el espíritu de la cooperación. Los préstamos y favores se entregan con una sonrisa, y con una sonrisa también se devuelven. Esa es nuestra norma.

Soltó aquello como si fuera una prestamista de poca monta.

— Dios, siempre lo pienso, pero suena increíblemente turbio. Eso de la cooperación y las sonrisas… hoy en día solo lo dicen las financieras turbias.

— Si nos ponemos así, hasta el nombre ya es sospechoso. ¿Qué demonios es la Asociación de Ayuda Mutua Estudiantil de la Academia Otogi? ¿Una ONG? El apodo de Ginkō Otogi al menos suena más simpático.

— Bueno, en eso tienes razón.

— Además, nuestro trabajo es muy sano. No cobramos intereses desorbitados ni nada por el estilo.

Ringo miró hacia abajo, a Nakata.

— Eso sí, una pelea que nos vendan se la devolvemos con intereses que ni diez veces alcanzarían a cubrir.

Ōkami Ryōko y Akai Ringo eran conocidas en la ciudad como La Loba y Caperucita Roja del Ginkō Otogi. Una fama curiosa: quienes sabían, sabían; quienes no, ni idea. Como eran apenas de primer año, sus nombres aún no estaban tan difundidos. Aunque, gracias a los desmanes del pasado de Ōkami, algunos ya la tenían bien ubicada. En la escuela eran relativamente famosas, sobre todo porque Ringo siempre estaba a su lado, pero al final Ōkami destacaba aunque no dijera una palabra.

Una reputación ambigua en el instituto… pero, en la ciudad de Otogibana, el nombre del Ginkō Otogi era conocido como un terror absoluto. Se decía que quien se atreviera a desafiarlo no podría vivir en paz en esa ciudad; que si contraías una deuda con ellas, te dejarían hasta sin vello en el trasero; que tratar con ellas haría que hasta un chihuahua pareciera adorable; que la gente precavida jamás se les acercaba… etcétera, etcétera.

— Bien.

Ringo saltó al fin de la mano de Nakata.

— Así que eso es todo. Espero que recuerde bien mis palabras.

— Sí, así que resígnate.

Ringo se giró sobre sus talones tras recalcarlo al derrotado Nakata, que aún se sujetaba la mano, y Ōkami la siguió.

Sin embargo, Nakata, el guerrero del amor y acosador empedernido, famoso por no rendirse jamás, no se quebraría por algo así. Su bajo puntaje en INT no era casualidad. Al fin y al cabo, el amor significaba no rendirse.

— ¡Maldición, maldición, maldición, maldición, maldición!

De repente se levantó y, gritando, se abalanzó sobre Ringo.

— Este tipo es el colmo de lo insistente.

Ōkami agarró a Ringo por el cuello del uniforme y la jaló hacia sí.

— ¡Kyuu!

Ringo soltó un extraño sonido al sentir su cuello apretado, pero Ōkami la colocó tras de sí para protegerla.

— No me importa lo que pase, esto es culpa tuya. Esa chica es mía.

Nakata sacó una navaja plegable del bolsillo. Al verlo, Ōkami frunció el ceño.

— Tsk, qué fastidio. Ringo, retrocede.

Adoptando una postura de boxeo, gritó.

— ¡Cof, cof! Entendido.

Ringo, comprendiendo que en ese lugar solo estorbaría, salió corriendo a una distancia segura.

Ōkami, sin apartar la vista de Nakata, vigilaba su actitud de reojo.

— ¡Jehehahaha! Ahora es tu última oportunidad de rendirte.

El guerrero del amor agitaba la navaja para intimidar.

— Tsk… se le subió la sangre a la cabeza. Creo que nos pasamos un poco… bueno, en realidad fue Ringo la que exageró. No soporta que la traten como a una niña vistiendo así.

Ōkami suspiró en su interior. El hecho de que ella misma le hubiera regalado un bonito moretón ya estaba borrado de su memoria.

El guerrero del amor agitaba la navaja a lo loco, sin técnica alguna. Ōkami comenzó un consejo de guerra mental.

— No parece que pueda provocar más que un corte… tal vez necesite unos puntos, pero nada más. Podría huir, pero dejar a este idiota suelto es demasiado peligroso… Además, el encargo aún no termina. Maldita sea, lo mejor será derribarle la navaja de un golpe. Si no, tendré que noquearlo de un puñetazo.

Decidido el plan, se concentró en el movimiento de la hoja, esperando a que entrara en su rango de alcance.

Nakata, creyendo que Ōkami se disculparía o huiría, no hacía más que agitar la navaja. Pero ella no se movía ni mostraba miedo, sino que emanaba una calma desafiante.

Molesto de que las cosas no salieran como quería, Nakata se convenció de que estaba en posición de dominio absoluto y corrió hacia ella.

— ¡Haaah, recibe el poder de mi amor!

Con un grito estridente, se lanzó contra Ōkami, convencido de ser un héroe empuñando Excalibur… cuando en realidad parecía un farsante con una “Excalipara”.

— ¿El poder del amor, en serio?

Ōkami puso cara de asco, aunque su concentración se agudizaba aún más.

El guerrero del amor entró en su rango justo cuando Ōkami se disponía a atacar…

— ¿…Eh?

Nakata soltó una voz descolgada.

— ¿Qué…?

Ōkami también se sorprendió: la navaja se le había escapado de la mano.

El muchacho observó su mano vacía, confundido, sin entender qué había ocurrido. Ōkami tampoco lo comprendía, pero su cuerpo reaccionó instintivamente. No podía dejar escapar una oportunidad así.

De un salto, acortó la distancia.

— Duerme.

Y estampó su puño en el rostro del guerrero del amor.

— ¡Ryōko-chan! ¡Ryōko-chan! ¡Como era de esperarse! Pero eso estuvo muy cerca. ¿No te lastimaste?

Ringo apareció corriendo desde la esquina, con una pequeña videocámara en mano: al parecer lo había grabado todo.

Ōkami recogió la navaja del suelo y, observándola, le preguntó:

— Estoy bien. Pero dime, ¿entendiste qué pasó?

— No creo que algo así simplemente se le resbale de la mano…

— ¿…Mmm? No lo sé.

Ringo ladeó la cabeza, adorable.

— ¿…?

A Ōkami le resultó extraño. La conocía desde la secundaria y podía detectar hasta sus mentiras más sutiles. Esa actitud era más de alguien que aún no estaba segura de lo que había visto.

— Bueno, da igual.

Si Ringo ocultaba algo, no era raro.

— ¿Qué ocurre?

— Nada. Mejor terminemos esto.

— De acuerdo.

Ōkami comenzó a patear sin miramientos al derrotado guerrero del amor. Tras varios quejidos lastimeros, Nakata abrió los ojos, y al notar la navaja en manos de Ōkami lanzó un grito ahogado.

— ¡Hiiiii!

— Sacaste esto, así que no te quejes si te lo clavo.

Ōkami hizo brillar el filo de la hoja en su mano.

— ¡Lo siento, lo siento mucho!

— Si lo apuñalo, seguro me absuelven por legítima defensa.

— ¡Y yo tengo todo grabado! Si te pones a llorar y dices algo como ‘me dio mucho miedo…’ seguro todos se pondrán de tu lado y lo resolveremos a nuestro favor. Al fin y al cabo, los muertos no hablan.

— Exacto.

Aunque, en el fondo, Ringo sabía que los moretones con forma de gato en la cara de Nakata harían difícil colar esa versión. Una chica frágil nunca podría causarlos.

Pero Nakata no lo sabía, y solo podía temblar.

— ¡Perdón! ¡Ya no lo volveré a hacer! ¡Perdónenme!

— ¡Si ibas a disculparte, no hubieras sacado esto desde el principio!

Ōkami explotó en ira.

— ¡Hiiiiii!

— Tranquila, Ryōko-chan. Entonces, ¿qué haremos con él?

— ¿Q-qué quieren decir?

Ya sin arrogancia alguna, Nakata parecía haber comprendido que seguir resistiéndose sería peligroso.

— Castigo. Tenemos tres opciones: pino, bambú o ciruelo. El pino es mi favorito: al que lo recibe lo encierran en una habitación acolchada, donde se queda sentado en cuclillas, murmurando al vacío. Un viaje a otro mundo sin moverse de casa, ¿no es maravilloso?

La sonrisa de Ringo le pareció la de un demonio a Nakata.

— ¡Lo siento, lo siento, lo siento! ¡Ya no los seguiré! ¡Lo juro! ¡Así que, por favor, perdónenme!

Acabó en el suelo, de rodillas, rogando. Evidentemente, la dulzura de esa sonrisa contrastaba tanto con sus palabras que le resultaba aterradora.

— ¿Qué dices? Yo aún quiero darle otro puñetazo.

Ringo y Ōkami lo discutieron entre sí.

— Bueno… en realidad solo queríamos darle una advertencia…

El rostro de Nakata se iluminó de esperanza.

— Pero… será la única advertencia. Si vuelves a hacer lo mismo, no solo lo denunciaremos a la policía, también acabaremos con tu vida social. Tenemos la información para hacerlo. Y además, grabamos tu patética escena con la navaja.

Ringo levantó la cámara que acababa de guardar en la cesta. La esperanza en Nakata se transformó en puro terror.

— ¿Lo entendiste bien?

Asintió con desesperación una y otra vez.

— Muy bien. Entonces pueden irse, ¿saben? Solo, asegúrense de no olvidar mis palabras. En esta ciudad tenemos ojos en todas partes, ¿sí? Ah, pero ya sabían de nosotras, ¿verdad? En ese caso, fue un consejo de más.

— ¡H-h-hiiiiaaaahhh~!

El hombre que había cambiado de oficio una y otra vez —de matón A, a “ser viviente extraño”, a señor Nakata, y finalmente a “guerrero del amor, el acosador”— salió huyendo sin preocuparse de la vergüenza ni de las apariencias.

Después de verlo desaparecer, el señor Ōkami dejó escapar un suspiro.

— Bueno, con esto se acabó el trabajo. Un caso cerrado.

— Así es.

— Pero… ¿de verdad estuvo bien dejarlo escapar?

Ōkami miró a Ringo.

— ¡Yo también lo creo! ¡Que alguien se atreva a apuntar un cuchillo a mi Ryōko-chan… eso es imperdonable!

— No soy tuyo. Y entonces, ¿por qué lo dejaste ir?

— Uuuh, Ryōko-chan es tan cruel… La razón es que la clienta no quería que esto se convirtiera en un escándalo. Si se hacía grande, seguro se levantarían rumores… aunque yo pienso que resignarse y callar nunca es bueno.

Ōkami asintió, convencido.

— Es cierto… Bueno, toma.

— Gracias.

Ōkami le pasó el cuchillo a Ringo. Ella sacó una bolsa de plástico y metió el arma dentro.

— Si llegara a pasar algo, esto servirá. Está lleno de huellas dactilares. Una prueba perfecta. Además, tenemos el video.

Ringo levantó el cuchillo hacia el cielo y lo observó contra la luz con una sonrisa siniestra. Su mirada resultaba inquietante. Incómodo ante la escena, Ōkami cambió de tema.

— Bueno, volvamos.

— Sí. Buen trabajo~.

Los dos comenzaron a caminar juntos.

— ¿Quieres ir a comer algo?

— Tengo ganas de algo dulce.

Los dos protagonistas desaparecieron en el callejón trasero, sin darse cuenta de que había espectadores.

Y sería cuando estos espectadores subieran al escenario que la verdadera obra daría comienzo.

…Y así, de esta manera, empieza la historia tejida por el mentiroso Ōkami-san y sus alegres compañeros: una mezcla de risas, lágrimas y un sinfín de otras cosas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ōkami-san: Acosada y Luego Confesada

 

 

— ...Ōkami Ryōko-san, ...me gustas...

Después de clases, mientras lograba resistir como podía los somníferos conjuros de “Rariho~ Rariho~” que recitaba el profesor con sus ataques soporíferos, Ōkami se dirigía a casa cuando escuchó esa voz en sus oídos.

¿...Eh?

A mitad de un bostezo, Ōkami se quedó congelada con la boca entreabierta. Con una expresión que dejaba mucho que desear para una doncella en la flor de la juventud, se puso a pensar.

¿Una confesión...? ...pero, vamos.

Por mucho que lo pensara, era evidente que aquello había sido una confesión. La voz era tan tenue que parecía a punto de desvanecerse, apenas alcanzando sus oídos como un susurro. Y además, provenía de detrás de ella. No fue su instinto animal, sino más bien su intuición femenina la que le decía que había alguien ahí.

Sin embargo, incluso suponiendo que esas palabras no fueran una alucinación auditiva, costaba mucho creer que se tratara de una confesión. A fin de cuentas, ¿qué sentido tiene declararse al occipucio de alguien?

Ōkami giró la cabeza y clavó su mirada afilada hacia la dirección de donde provenía la voz. Su expresión severa daba la impresión de estar fulminando con la mirada, y si hubiera un niño bajo su mirada seguramente se pondría a llorar. Pero en realidad, ella solo estaba mirando con desinterés... de verdad.

Sea como fuere:

— ...No hay nadie.

Con su altura, Ōkami echó un vistazo hacia atrás y murmuró aquello.

¿Una alucinación auditiva? Hah, parece que ya estoy perdiendo facultades. Será la edad = el tiempo que llevo sin novio; hasta yo me estoy poniendo necesitada, ¿eh?

Con ese pensamiento se rió con amargura, se rascó la cabeza y reanudó el paso.

Pero justo después:

— ¡Ōkami Ryōko-san, me gustas!

Volvió a oír las palabras. La misma frase que antes, con una sola diferencia: ya no tenía puntos suspensivos, y en cambio se había añadido un signo de exclamación. En otras palabras, a sus oídos le sonó un poco más firme y clara.

De nuevo, Ōkami se volvió. Pero tampoco había nadie esta vez. Solo asfalto bajo sus pies, casas a ambos lados de la calle, un paisaje tan corriente de un barrio residencial como cualquier otro.

Por si acaso, lanzó una voz:

— ¡Oye! ¿Hay alguien ahí?

...Ninguna respuesta.

La voz de Ōkami se disolvió entre los ruidos del entorno. Allí no había nadie, más que ella misma, hablándole al vacío con la autosugestión de una "Ōkami oyendo voces".

...Ugh, qué vergüenza. Justo yo, Ryōko, a la que llaman con ese ridículo apodo de "La Loba" y a la que algunos incluso temen.

Un leve rubor le tiñó las mejillas cuando volvió a mirar al frente. La incomodidad hacía que sus movimientos fueran un poquito torpes, lo cual tenía su encanto.

Pero sin darle respiro, otra vez resonó la voz:

— ¡Ōkami Ryōko-san! ¡Me gustas!!

Otra vez, las mismas palabras.

Y ahora, todavía más poderosas.

No, esto ya no puede ser una alucinación. Entonces... ¿una broma pesada? ...Muy posible. Últimamente esos idiotas del barrio me tienen en la mira. Hmmm, ¿será que aquel "guerrero del amor" acosador que apalicé el otro día regresó con refuerzos? Si es así, qué vengancita más rastrera. No podría ser más molesto.

Ryōko siguió observando hacia atrás un buen rato, hasta convencerse de que no había nadie, y luego volvió a caminar.

De inmediato, volvió a escucharlo:

— ¡Ō-Ōkami Ryōko-san!! ¡Me gustas!!

Esta vez, más fuerte que nunca.

¡Bam!

Ryōko giró la cabeza con un látigo de su cabello largo y desordenado.

...Y otra vez, nada.

Se volvió de nuevo hacia adelante... pero de repente fingió y giró en seco.

Entonces, sus ojos alcanzaron a ver a un chico que asomaba la mitad de la cara desde la esquina de un callejón. Al cruzar miradas con ella, el chico se metió de golpe hacia adentro.

— ¡Oye, bastardo! ¡No te escondas!

Ryōko gritó sin pensarlo.

Aunque, vamos, ¿quién sería tan idiota como para salir después de eso? Es como decirle "espera" a un ladrón en fuga.

Sin embargo, justo cuando estaba por lanzarse a correr...

— ¡S-síí, señorita~!

El chico salió desde la esquina.

— ...¿Ah?

Vaya, había un idiota después de todo.

Ryōko se quedó momentáneamente impresionada por lo absurdo.

Quien salió no era tanto un hombre como un muchacho. Y uno de impresión extrañamente débil. Su cabello largo le cubría los ojos, reforzando aún más esa falta de presencia.

En definitiva, un chico tan ordinario que resultaba excesivamente corriente.

Ryōko lo observó de arriba abajo con atención, y luego dijo:

— ¿Y tú... quién demonios eres?

— ¡S-síí! ¡Soy Morino Ryōshi, de primero F de la Academia Otogi!

...¿Primero F de la Academia Otogi? Pero si esa es mi clase. ¿Estaba este tipo ahí?

Ryōko intentó hacer memoria.

La Academia Privada Otogi, donde estudiaba, era un gigantesco complejo educativo que iba desde jardín de infantes hasta secundaria, preparatoria, universidad e incluso varias escuelas técnicas.

Unos treinta años atrás, todo comenzó cuando un millonario explotó en cólera: "¡Los jóvenes de hoy en día...!". Claro, siendo un millonario en un nivel muy por encima de lo común, decidió que, si no encontraba gente competente, lo mejor era criarlos él mismo. Así fundó la Academia Otogi.

En una amplia cuenca, rodeada por montañas en tres de sus lados, existía un pueblo que no tenía ningún producto famoso ni lugares turísticos dignos de ver. La agricultura era su principal industria, pero sufría de despoblación. Y en ese pueblo ya casi abandonado, de repente, construyeron una escuela. En un terreno enorme se levantaron distintos centros educativos, con instalaciones de primer nivel. Incluso reunieron, sin escatimar esfuerzos, a profesores altamente capacitados. Con un sistema de becas bien organizado, reclutaron estudiantes y, en efecto, jóvenes de todo el país comenzaron a llegar.

Como la mayoría de los alumnos provenían de fuera, se construyeron residencias estudiantiles y edificios de apartamentos para albergarlos. Primero llegaron las constructoras, luego, atraídas por el gran número de estudiantes, se establecieron distintas empresas. Para quienes trabajaban en ellas se edificaron zonas residenciales. Y al mejorar el entorno, otras escuelas privadas fueron fundándose una tras otra. Así, poco a poco, la gente se fue congregando y, antes de darse cuenta, el pueblo de Otogibana se convirtió en una ciudad y, finalmente, en una academia urbana de renombre mundial.

Pero basta ya de hablar sobre el origen de esta ciudad y volvamos a Ōkami-san.

El instituto de secundaria al que asiste, la Academia Otogi, cuenta con veinte clases por grado en las secciones de educación general y académica, y si se añaden los cursos especializados —como los de deportes o artes escénicas— la cifra asciende a casi treinta. Sumando los tres años, el número total de estudiantes sobrepasa los tres mil. Como eran demasiadas clases, en lugar de números, se identificaban con letras.

Por cierto, la clase de Ōkami-san, primer año F, era del curso general.

Ōkami-san intentó recordar los rostros de sus compañeros de clase.

…Sin embargo, las caras que aparecían en su mente eran todas borrosas. Bueno, era normal; en realidad solo recordaba a unos pocos que se destacaban. Y darse cuenta de lo poco que se relacionaba con los demás le causó cierta sorpresa a él mismo.

Aun así, pensó que, al menos, podía saber si había visto antes a alguien o no. Animándose, repasó de la cabeza a los pies la figura de Ryōshi-kun. Tenían más o menos la misma estatura, sus ojos estaban a la misma altura.

El chico temblaba nerviosamente.

Claro que, como los ojos de Ryōshi estaban ocultos, Ōkami no podía asegurarlo. "Hmm, mide un poco menos de 1,70, ¿eh?"

El rostro… no era exactamente agraciado, pero tampoco feo. Normal.

El físico, de complexión media. Ni delgado ni gordo. Normal. Era como si se hubiera hecho un molde de un estudiante promedio.

El uniforme… bueno, algo lo había modificado. Aunque los cambios eran pequeños y, en vez de hacerlo destacar, lo volvían más anodino. En una escuela donde las alteraciones del uniforme eran comunes, llevarlo casi intacto era lo que realmente llamaba la atención.

Ōkami lo observaba fijamente.

"Este tipo no tiene nada distintivo… Justamente por eso debería ser más fácil recordarlo. ¿Por qué no tengo memoria alguna de él?"

Revisó sus recuerdos. ……Bip─── búsqueda finalizada. Coincidencias: cero.

Lo miró con suspicacia.

— ¿Oye, de verdad eres de Primero F?

Ryōshi, con voz al borde del llanto, respondió:

— ¡Po-por supuesto que sí! …¿No me conoce? Ya estamos en mayo, ¿sabe?

Ōkami cerró los ojos, intentando recordar.

"Mmm… mmmmmm…", pensó con todas sus fuerzas… y terminó evadiendo.

— Bueno, es que soy malo para recordar caras y nombres. Y no es que tenga muchos amigos tampoco.

Se rascó la cabeza al decirlo.

— Qué mal…

Los hombros de Ryōshi cayeron con tristeza. Su voz sonaba tan apesadumbrada que en el pecho de Ōkami empezó a brotar la culpa.

— ¡No me llames plano, desgraciado!

— ¿Eh?

Ryōshi se estremeció ante la explosión de Ōkami.

— No, nada. Cosas mías. En fin, lo importante es que ahora ya sé quién eres, ¿no? Al fin y al cabo, al principio todos somos desconocidos entre nosotros.

Y al decir eso, le dio unas palmadas en el hombro.

…¿Qué demonios estoy haciendo, dándole ánimos?

Tratando de ocultar sus pensamientos, un aire incómodo se instaló entre ambos.

De todos modos, debía confirmar qué había querido decir antes.

Ōkami retomó el tema.

— Ejem. Entonces, ¿qué era eso de hace un momento?

Ryōshi empezó a moverse de forma nerviosa, su mirada errática, su comportamiento sospechoso. Si alguien lo viera a medianoche, seguramente llamaría a la policía.

— Ah, pues, este… lo que quería decir es…

Sus palabras eran incoherentes. Lo único claro era…

— ¡Aaah, me desespera!

La paciencia de Ōkami era corta.

Con sus mechones largos y desparejos entre los dedos, gritó:

— ¡Habla claro de una vez, carajo! ¡Eres hombre, ¿no?!

— ¡S-sí! ¡Me gusta! ¡Me gusta muchísimo!

— …

— …

Un silencio se apoderó del lugar.

Bueno… sí, técnicamente yo lo obligué a decirlo. Pero, cuando me lo sueltan tan de frente, me sonrojo.

Ōkami se ruborizó. Era la primera vez que un chico le confesaba algo así. Aunque, en realidad, no sentía nada más allá de eso. Para él era casi como si lo conociera por primera vez. Claro que no, no estaba "hambrienta de hombres". ¡Ni hablar! No lo estaba, de verdad.

Sin mostrar sus pensamientos, respondió:

— Ya veo. Agradezco tus sentimientos, pero ahora mismo no tengo intención de salir con nadie. Eso es todo.

Rechazó la confesión con simpleza y trató de marcharse.

— ¡Espere, por favor!

— ¡Suéltame, idiota! ¡No digas tonterías!

Ryōshi se aferró a su pierna. A través de la abertura de la falda se veía la piel de Ōkami, quien, avergonzado, se sonrojó aún más.

— U-usted respondió sin pensarlo. ¡Pero para mí esto es muy importante! ¡Se lo ruego, piénselo al menos un poco!

La desesperación de Ryōshi despertó cierta compasión en Ōkami.

— Bueno, supongo que… hasta un tipo tan patético como este dice que le gusto. Es raro, pero…

— Está bien, está bien.

Aunque no era para nada su tipo —a Ōkami le gustaban los hombres varoniles—, decidió seguir la conversación.

— Entonces dime, ¿qué es lo que te gusta de mí?

Solo lo preguntaba por curiosidad. Sabía que no era femenina, que solía intimidar más que atraer, y que carecía un poco de atractivo como mujer.

— ¿P-por qué me está mirando al vacío así, Ōkami-san?

— No le des importancia… Bueno, dime.

— Ah, sí. La razón por la que me gusta… eso es…

— ¿Eso es?

Con los brazos cruzados, Ōkami lo apremió con actitud varonil. Nada que ver con una típica colegiala.

— Pues… este…

Ryōshi se retorcía tímidamente, lo cual tampoco se parecía al comportamiento de un chico.

— Verás…

— ¿Qué clase de forma de hablar es esa? Ese 'ssu, ssu' suena como de sirviente. Patético.

Mientras pensaba eso, Ōkami esperaba la respuesta.

— Lo que pasa es que…

La falta de avances lo sacó de quicio.

— ¡Arghhh!

Y volvió a estallar.

— ¡Habla firme de una vez!

— ¡S-sí!

— Entonces dilo ya. Tres, dos, uno… ¡ya!

— Que eres fuerte.

— Que eres genial.

— Que eres imponente.

— Que tienes un aire salvaje.

— Que eres muy masculina.

— Pero, en realidad…

Cuando se dio cuenta, Ōkami ya no estaba. Se había ido en algún punto, concretamente después de lo de "aire salvaje". No le había dado un puñetazo porque, al fin y al cabo, estaba intentando halagarlo, o al menos eso parecía.

Sin embargo, dejarlo allí abandonado tampoco era lo más correcto.

Ryōshi se quedó solo, paralizado, con la boca abierta. Luego, en un tono diferente, más firme y varonil, suspiró:

— …Bueno, no hay remedio. Mientras no encuentre una forma de cambiar esta condición mía, será imposible. Pero… no pienso rendirme tan fácilmente. Además, si esto sigue así, Ōkami…

Tras otro suspiro, se marchó lentamente.

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